Mauritania y La Ruta de la Luz

Mezquita militar de Chinguetty, séptima Ciudad Santa del Islam en Mauritania, ©Fotoperiodistes.es

Al mes de acabar mi estancia en Ruanda/Burundi, en octubre de 1994, me llamó un amigo, Fernando Pérez, publicista que, entre otras cuentas llevaba la publicidad de Cione, un grupo de ópticos y me propuso colaborar con ellos en una primera misión de tipo humanitario: La Ruta de la Luz en Mauritania.

Mauritania es un país situado en el norte de África, con una extensión parecida a la de España y Francia juntas y que contiene la mayor parte de uno de los desiertos más grandes del mundo: el Sáhara. Cuenta con una población cercana a los 3,8 millones de personas de raza árabe y de color. Es musulmana en su gran mayoría y, aunque no esté muy claro en su definición, también es animista, sobre todo en las capas más bajas de la sociedad.

La población, antes nómada, lleva años asentándose en ciudades, reconfigurando su ADN hacia una vida más sedentaria. Sus principales ciudades son Nouakchott, la capital política y administrativa; Nouadhibou, junto a la costa del Atlántico, la que pasa por ser la capital económica gracias a la abundante pesca de ese litoral y la llegada del mineral de hierro; y Atar, en medio del Sáhara, una ciudad junto a un gran oasis y de significado político/social importante.

Atar también es el cuartel general de las tropas francesas y de donde despegaron los Mirage que impidieron la toma de Mauritania por el ejército del Frente Polisario.

Hay poca gente que sepa que, cuando el Polisario tomó la ruta de Atar hacia Nouakchott para hacerse cargo de Mauritania, los aviones franceses despegaron de su cuartel de Atar para impedir que la columna del Polisario llegara a la capital abortando esa posibilidad, dejando a varias docenas de muertos en la carretera, entre ellos al Primer Secretario General del Frente Polisario.

Mauritania, en la actualidad, tiene dos grandes carreteras: la primera, La Route de l´Espoir, (Carretera de la Esperanza), la que soporta un tráfico más intenso, que va casi en línea recta de Nouakchott a Nema, donde la carretera se acaba de forma abrupta a unos 160 km. de la frontera con Mali. Recuerdo que, justo en ese borde, había una gasolinera. En esa ciudad, la Cooperación española creó una fuente de agua potable que inauguró el entonces embajador de España Juan María López Aguilar .

La segunda carretera, la del Norte, que discurría entre la frontera con el otrora Sáhara español y la capital, Nouakchott. Sustituía a la autopista del Atlántico. Así se llamaba la vieja pista que te permitía llegar a Nouadhibou siguiendo la línea de la playa y teniendo en cuenta las mareas para no quedar bajo las aguas del mar.

La reunión que mantuvimos con los responsables de Cione fue muy provechosa y práctica. Requirieron mi colaboración como hombre de “experiencia” en África y conocedor del terreno. Algo incierto porque yo sólo había estado en Ruanda/Burundi había sido corta, algo más de un mes, y de Mauritania no sabía absolutamente nada. Ni siquiera había estado allí. Pero fue mi pertenencia a la Fundación Tierra de hombres la que acabó decantando sus opiniones a favor de incorporarme al equipo.

Tierra de hombres tenía representación en el barrio de El Miná, en Nouakchott. La llevaba un  un expatriado belga, André Faust, que dirigía un programa de ayuda a madres e hijos, con carencia de alimentación enfermos de diversas patologías. Mantenían una Crêche (centro de recuperación y educación nutricional) donde las madres acompañaban a sus hijos, participaban en su alimentación y también funcionaba como guardería de día.

Durante esa primera reunión a cuatro, Carlos de la Bella contó que, en uno de sus innumerables viajes por el desierto, en ese momento en Jordania, tuvo un incidente que le hizo casi desesperar por haberse perdido, sin saber por dónde salir, del desierto de Wadi Rum. La suerte para él es que unos nómadas le encontraron, le invitaron a cenar, a beber y a dormir. Al día siguiente, Carlos, estaba tan agradecido que les quiso dar dinero por el favor. Pero esa familia no quiso el dinero y dijeron que habían actuado conforme a las leyes del desierto, de ayuda desinteresada hacia alguien necesitado de ayuda y compañía.

Carlos quiso devolverles el favor haciendo gala de su formación de óptico optometrista y se ofreció a revisarles la salud visual. Una vez pasada revista a todos los miembros de la familia cayó en la cuenta de que lo que vio no le gusto lo más mínimo. Pensó en las causas de aquellas lesiones, en la manera de proteger la vista a la gente que recorría los desiertos y se propuso que cuando regresase a España, investigaría lo referente a la salud visual en esos parajes.

Dicho y hecho: encontró que una Fundación norteamericana, de nombre Hellen Keller, había hecho unos estudios sobre salud visual en el desierto. Estudios de mediados de los cincuenta y nada más. Se puso como objetivo actualizar esos. Entonces se le ocurrió la idea.

La idea no era otra que “cambiar” el presupuesto de publicidad de la cooperativa e invertir ese presupuesto en financiar un viaje de estudios para averiguar si se habían producido cambios sustanciales en lo que la Fundación Hellen Keller publicó en 1955. A mí me buscaban como “consultor” externo por mis contactos con la Fundación Tierra de hombres, con sus representantes en Mauritania y mi “gran experiencia” en África tras la crisis de los Grandes Lagos.

Y así, tras esa primera reunión, iniciamos los preparativos para organizar nuestra primera misión de salud visual a realizar en un país con desierto. Carlos de la Bella ya tenía un lugar en su mente: Mauritania.

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