Comprar en África sin dinero
Un día, tras el desayuno de rigor, mi jefe me dijo: no podemos ir de viaje a Ruanda. “La transferencia de Suiza no ha llegado y no podemos comprar nada”. Un comentario escueto y clarificador. No teníamos dinero para llenar los vehículos y desplazarnos a Ruanda, al campamento de Gikongoro, donde cerca de 500 niños esperaban nuestro suministro
Era una situación atípica porque el envío de dinero desde Suiza era tan exacto como un reloj suizo. Llegaba cada semana puntualmente y nosotros nos encargábamos de las compras para el campamento de Ruanda. No comprar suponía una merma de suministros de 1 semana cuando nuestra idea primera era constituir, además de la comida diaria para ese campamento, un pequeño almacén de alimentos que pudiera solventar cualquier imprevisto como el actual sin menoscabar la capacidad de alimentar a los niños.
Era un paso atrás en nuestras previsiones y un nuevo desafío para el equipo de expatriados. Se me ocurrió una idea. Dirigirme a la fábrica de harina e intentar convencer al gerente para que aceptara otra forma de pago alternativa. Y eso hice. Fui a la fábrica, situada en los polígonos exteriores de Bujumbura y pregunté por el gerente. En ese momento se hallaba en la capital, Bujumbura, y decidí esperarle
En cuanto llegó le explique que era de Tdh, que ya nos conocía desde el inicio de nuestra misión de urgencia y que tenía ciertos problemas para comprar la harina que solíamos comprar cada semana. Le dije que cuando salí de nuestro cuartel general con el bolsillo del pantalón lleno de dinero, vi que 2 tipos sospechosos me seguían hacia donde estaba el coche aparcado y que esa circunstancia me hizo volverme hasta nuestras oficinas, temiendo un robo en la calle. Es por eso que me dirigía al señor gerente para intentar otra forma de pago que fuese segura para nosotros y también para la fábrica de harina
Como ví que el tiempo pasaba sin ningún tipo de reacción por parte de la gerencia, me atreví a darle una idea: ¡qué le parece si cada semana le hago un pedido y le traigo un bono de solicitud contra el que emite una factura y, al cabo del mes, sumamos bonos con facturas y le extiendo un cheque que puede cobrar en este banco de aquí, al lado de la fábrica. Sería un pago avalado por Suiza y su Tdh, con la que llevamos trabajando un tiempo sin ningún problema
Al hombre, tras un cierto tiempo de sopesar la oferta, pareció convencerse de la bondad del ofrecimiento y me contestó: “De acuerdo. ¿Cuándo quiere empezar..? Le dije que empezaríamos con un bono de 700 kilos de harina. Sus operarios empezaron a cargar la harina en mi pick-up. Nos dimos la mano y quedamos para la siguiente semana
Cuando regresé a la oficina de Tdh, no cabía en mí de gozo y entré en el despacho con una sonrisa de satisfacción. Mi jefe no atinaba a entender cómo habían tantos sacos de harina en el coche si no teníamos dinero ni permiso para negociarlo. Claro, me dio una charla económico-política-logística cuyo resumen era: “¿Y si, por lo que fuera, el dinero no llegaba? Nos arriesgamos a que nos denuncien y nos metan en la cárcel. Tú no sabes cómo son las cárceles en este remoto lugar de África
Yo le respondí que siempre había creído que nuestra misión era dar de comer a los niños y no plantearnos si íbamos a ir a la cárcel o no. Evidentemente, mi jefe se enfureció conmigo y me hizo depositario de aseveraciones tan peregrinas como: “vosotros, los españoles, siempre apegados a vuestra naturaleza de improvisadores natos, las órdenes, las instrucciones, la lógica, os sa igual. Siempre a la vuestra, desafiando la razón, al superior al orden establecido y bla, bla, bla
Esa noche me fui a la cama “calentito”, tan calentito que a la mañana siguiente no tenía valor para bajar a desayunar temiéndome otro aluvión de descalificaciones. Al final opté por sentarme a la mesa de desayuno y capear de la mejor manera el incómodo “momentito”. Mi jefe se sentó delante de mi. Yo ni le miraba escondiendo mis ojos a sus ojos inquisidores. Al cabo de un rato, mi jefe me preguntó: ¿Podrías hacer lo mismo con la quincallería?