Cuando dejé Ruanda
Ese día amaneció envuelto en un ambiente extraño. Yo estaba en los campamentos de Gykongoro y el sol no estaba por salir. Algo de niebla y un lento discurrir del reloj acompañaba el que iba a ser mi último día en Ruanda…, como si fuera un presagio no muy alentador. Me situé en la puerta de mi habitación y contemplé el pequeño cuarto de lo que anteriormente había sido un seminario católico y, a la vez, mi sitio de dormir: una cama, una mosquitera, una pequeña mesa y una silla de enea. Eso era todo. Pero a pesar de esa somera habitación y de saber que era mi último día, por dentro no sentía esa sensación de “volver a casa”.
.No sentía mariposas en el estómago. Más bien me encontraba algo triste de dejar ese país, esos niños y esa gente. Sobre todo, teniendo en cuenta que era bastante improbable que fuera a volver algún día. Miré fuera de la habitación y volví a ver esas colinas en las que estábamos inmersos, rodeados que más bien se parecían a una bandeja de magdalenas recién salidas del horno. Así de dulce era Ruanda para mí, obviando todo el terror, miedo y desastre que provocó el conflicto de los Grandes Lagos.
Mientras miraba al exterior, me dije que era hora de volver a casa. Repasé mentalmente la ruta que debía seguir: Bujumbura, Bruselas, Ginebra y, por fin, Barcelona, en donde me estarían esperando mi esposa querida y mis hijas. Se trataba de un viaje largo, ya que además, una vez llegado a Ginebra, tenía previsto participar en el resumen de la Fundación entre sus financiadores, periodistas y empleados. Me iban a recibir con honores.
Busqué mi papel de salvoconducto para poder sortear los controles que, seguro encontaríar para salir del país. Me dí cuenta que no lo tenía y que estaba en poder de mi jefe Laurent y que ya había salido en alguna misión complementaria. En buena ley, tenía que esperarlo para salir juntos. Sólo tenía un salvoconducto y lo compartíamos los dos, bueno los dos coches que manejábamos en Ruanda y que nos lo cambiábamos en la frontera. Primero entraba un coche y luego, una vez dentro, le pasaba el papel a un propio que salía y se lo daba al otro coche para que pudiera entrar en el país.
Me di cuenta que no lo tenía, que estaba en poder de mi jefe Laurent y que ya había salido en alguna misión complementaria. La salida era igual. Salíamos con el papel de la aduana, de color rosa, y una vez fuera otro paisano se lo llevaba al otro coche. El problema es que sólo había un salvoconducto y lo tenía Laurent. Pero después de tanta aventura y circunstancias superadas, no tenía otra que intentar salir de Ruanda para volar a casa. Me armé de valor y con mi pick up salí a la carretera.
Poco antes de llegar a la frontera, habiendo dejado atrás la ciudad de Butare -segunda ciudad de Ruanda-, me encontré el primer control de soldados en mitad de la carretera. Era muy pronto para que estuviera lleno de coches y estaba prácticamente sólo en ese control. Se acercó un muchachito vestido de soldado con su kalashnikov al hombro y me pidió el “papel rosa”, color del salvoconducto. Le pregunté si no había oído la radio pues en el informativo nacional habían dicho que el salvoconducto había cambiado; ya no sería de color rosa sino azul. El soldadito puso una cara de no haber oído nada parecido -tampoco tenían radio- y yo, viendo el natural desconcierto del soldado, insití…
Es de color azul, no rosa, a partir de hoy..!
Y habiendo dicho eso, levanté el tono de voz, abrí la guantera y saqué un papel azul, propaganda de una tintorería de Bujumbura y le dije al soldfadito:
¿De qué color es este papel..?
Azul, señor…
– ¿Lo ves? Azul. Abre la barrera que tenmgo prisa…
Y así me fui, muerto de risa, pensando en los que iban a salir enseñando el papel rosa.
Ir al aeropuerto, llevando en la memoria tantos recuerdos, anécdotas y situaciones que viví, me hizo prometerme a mí mismo que algún día encontraría la forma y manera de dejar por escrito mi particular paso por ese momento histórico que se conoció como la guerra de hutus y tutsis o la Crisis de los Grandes Lagos.
Dej´e la Pick-Up en la oficina de TdH y con mi maleta y una mochila me dirigí al aeropuerto. Cuando subía por la escalerilla pude ver a Laurent entre el público que estaba en la terraza. Alce los brazos como gesto de despedida y Laurent me devolvió el saludo. Pensé que a un amigo con el que compartí tantos momentos de todos los colores no se le podía decir adiós, sino hasta la vista..!
