¿Quién dijo pasaporte?
Yo era la respuesta. Mi historia resultaba creíble, pero además tenía la firma de su marido al pie de aquel fax. Le había dado suficientes razones para que pudiera confiar en mí. Desbloqueada su mente, empezó a razonar y a prever acontecimientos. Su principal duda pasó a ser la falta de un pasaporte. Yo le dije que, llegado a ese punto, el pasaporte lo tenía yo con mi visado para el Zaire. Sólo había que pensar en esconderla para cruzar la frontera.
La noche empezaba a adueñarse del entorno. Yo estaba cansado, había sido una larga jornada cargada de emociones, así que quedé con la señora para recogerla al filo del alba. Busqué un “guesthouse” cerca de la colina y me fui a cenar, me lo había ganado, y a dormir, que también. La cena fue un filete de no-sé-qué y una Primus, botellín de cerveza de 1/2 litro, muy popular en esa zona de África. Envuelto en una red anti mosquitos me quedé dormido en el mismo momento de cerrar los ojos.
A la hora convenida, con el Sol ganando lentamente la partida a la Luna, aparqué mi 4×4 frente a la nave donde dormía la señora. Ella ya estaba sentada frente a la puerta y llevaba un hatillo donde guardaba unas pocas cosas, algo de ropa y aseo personal. Su mirada hacia mí era como un interrogante que dejaba ver su preocupación por el pasaporte. Emprendimos el viaje y tras recorrer apenas unos pocos kilómetros, nos encontramos frente a la frontera entre Ruanda y el Zaire
Mi plan era el siguiente: cruzar la frontera rápidamente y dirigirnos hacia el norte, donde se encontraba el campamento de la Cruz Roja belga. Pero para ello, claro, primero había que cruzar el paso fronterizo. Puse en marcha mi plan. Le pedí a la señora que se escondiera bajo el volante y me abalancé hacia la aduana, haciendo sonar insistentemente la bocina. Pretendía llamar la atención de los guardias, como así pasó. Una vez conseguido esto, asome mi brazo izquierdo por la ventanilla, sujetando el pasaporte con la mano, en un gesto que se pudiera interpretar como el paso inmediato porque tenía una “misión urgente que realizar”.
El guardia fronterizo pareció entender mi urgencia, miró el pasaporte por encima y con gestos hizo levantar la barrera que me daba paso franco al Zaire. La señora respiró aliviada y lo significó con una alegre carcajada. Yo también me sentí moderadamente triunfador después de entrar en un país con una “inmigrante ilegal”. MGiver, un voluntario de las RR.MM, Ursulinas a mi lado.
Al final del pueblo, sin alejarnos de la carretera, nos detuvimos a tomar un café y cambiar algo de dinero. Creo que cambié 50$ y me dieron algo más de 2.000.000 de “chirimbolos zaireños”. Pusimos diesel en el 4×4 y continuamos la marcha a ciegas a través de ese país africano. No había mucho margen para la velocidad, así que nos lo tomamos con calma.
Como el viaje se presentaba tranquilo, me distraje pensando en lo que la mujer me había contado la tarde anterior, que una vecina le había avisado de la muerte de su marido a machetazos por los interhamwe hutus. En esos momentos yo no tenía muy claro el significado de la palabra interhamwe. Más tarde me informé. El Interahamwe se formó en 1994 como el ala juvenil del MRND, el partido gobernante de Ruanda, y contó con el respaldo del gobierno del poder hutu. Los Interahamwe fueron los principales autores del genocidio ruandés, durante el cual entre abril y julio de 1994 fueron asesinados entre medio millón y un millón de tutsis, twa y hutus moderados, y el término “Interahamwe” se amplió para significar cualquier banda civil matando tutsis.
Los Interahamwe fueron expulsados de Ruanda después de la victoria del Frente Patriótico Ruandés (FPR) en la Guerra Civil Ruanda en julio de 1994, y desde entonces son considerados una organización terrorista por muchos gobiernos africanos y occidentales. Los Interahamwe y grupos escindidos, como las FDLR, siguen llevando a cabo una insurgencia contra Ruanda desde países vecinos, donde también participan en conflictos locales y terrorismo.
Tras haber recorrido unos 50 km desde el paso fronterizo, de pronto vimos, a un lado de la carretera, lo que parecía ser un campamento. Tenía forma circular y en su interior ondeaban tres banderas: la del Zaire, la de Bélgica y la de la Cruz Roja. No había dudas. Se trataba del lugar de acogida de ese montón de niños y niñas que se habían quedado solos, como refugiados menores atendidos. Crucé la carretera y entré en el lugar haciendo sonar la bocina, llamando de nuevo la atención de todo el mundo. La señora estaba apoyada en la ventanilla con medio cuerpo fuera, llamando a voces a sus hijos. Era como si a través de esos pitidos y de los gritos estuviéramos expresando nuestro júbilo por haber dado con el lugar.
Cuando paré el coche, busqué mi cámara de fotos, confiando en lo que iba a pasar, y al momento oí las voces de Mamá, Mamá..! De la multitud saltaron tres pequeños que se abrazaron a la señora, mientras yo fotografiaba el acontecimiento con inusitada avidez. Tras las explicaciones debidas y las anécdotas relatadas por todas las partes, la Cruz Roja belga nos invitó a comer y a pasar allí la noche. En ese momento alguien preguntó cómo íbamos a hacer para pasar la frontera. Y una vez más alguien dijo: “pasaporte”…