¿Cómo lo haces?

Tras tomar café con Costas, y hablar un poco de nuestras vidas, puse rumbo a la oficina de TDH con la pick-up cargada hasta los bordes. Hice mi entrada triunfal en nuestra sede, tocando repetidamente el claxon como señal de victoria. Laurent, mi jefe, salió a recibirme con cara de sorpresa, sorpresa que siempre recordaré. Noté que se mostraba entusiasmado con la visión del coche lleno de ítems. De una forma egoísta ese pequeño triunfo me venía muy bien, teniendo en cuenta la complicada relación que mantenía con mi jefe. Cuando le anunciaron mi llegada a Ruanda, refiriéndose a mí como el calificativo de  “secretario general de TDH España”, creo que él se lo tomó como si yo fuera un “jefazo” que iba a fiscalizar su trabajo o, quizás, criticarlo y/o sustituirlo.

La cantidad de zancadillas y acciones que me “ordenaba” tenían un poco que ver con su sensación de inseguridad y algo de resquemor hacia mi que no intentaba ocultar. Yo entendí que, aunque no tuviera su experiencia en misiones de emergencia en África, la única solución ante su persona era actuar como si fuera un auténtico profesional… e intentar parecerlo. La verdad es que, visto desde el tiempo y la distancia, no lo hacía nada mal. Al menos así me lo parece..

Manteniendo aún cierta expresión de sorpresa en su cara, Laurent me pidió que le detallara la negociación que había mantenido con el dueño de la quincallería Laurent me pidió detalles de la negociación y en qué habíamos quedado. Le expliqué que, gracias a mi anécdota y al café que compartimos habíamos redactado una especie de acuerdo, como el de la fábrica de harina, mediante el cual TDH se convertía en cliente VIP de la quincallería y ésta en proveedor oficial de TDH en Burundi. Algo como en la fábrica, TDH compraba una vez por semana y, al final de mes, pagaríamos con un cheque del banco en el que teníamos la cuenta. Laurent me observaba detenidamente cuando le estaba contando la historia y, de vez en cuando, asomaba sus ojos por encima de las gafas de sol y me miraba de forma inquisidora como preguntando ¿cómo lo haces?

Si los Cátaros inventaron la letra de cambio, un españolito inventó la compra diferida en África. Algo que nos iba a dar una gran facilidad de gestión, un nombre consolidado como ONG, cierto prestigio y, sobre todo, evitarnos andar por la calle con grandes sumas de dinero que, en realidad no nos pertenecía.

Tras la explicación, decidimos ir de nuevo a Ruanda, para llevar los productos y ampliar el almacén que estábamos organizando en Gykongoro. A mi llegada al país, las reservas del campamento de TDH alcanzaban para una semana, a mi regreso a España ese mismo campamento tenía suministros para quince días.

Con ese gesto, y otros de índole parecida, yo ya me había ganado el respeto y la consideración de Laurent. Ya no me miraba como si yo fuera un espía o un “competidor político”. Empezó a tratarme como un amigo y a compartir decisiones, buscar mi consejo, en definitiva, a tenerme en consideración en la misión que llevábamos a cabo en esa remota región de África. El tiempo que estuve allí destinado aprendí un montón de cosas y en muy poco tiempo. Fue como hacer un Máster en Cooperación humanitaria sobre el terreno. Cada día era una clase y cada día la historia cambiaba de gentes, lugares, circunstancias…, pero la motivación era la misma: cuidar de los menores no-acompañados tras el desastre de Ruanda.

Costas, el dueño de la quincallería, fue el culpable de que mi estancia en Burundi se prologara algunos días más. Cuando en uno de nuestros cafés le comenté que pronto volvería a mi casa, en España, su reacción fue casi inmediata. Me dijo que no podía irme porque teníamos un acuerdo de colaboración que yo había firmado con él y que, por tanto, el acuerdo era personal y no institucional. Me vino a decir que el acuerdo era con Pedro y no con TDH.

Mi tiempo allí se agotaba, pero Costas hizo tuviera que prolongarlo algunos días más. Un día, tomando uno de nuestros cafés, le comenté que pronto volvería a mi casa, en España, y su reacción fue casi inmediata. Me dijo que no podía irme porque teníamos un acuerdo de colaboración que yo había firmado con él y que, por tanto, el acuerdo era personal y no institucional. Me vino a decir que el acuerdo era con Pedro y no con TDH.

Se puso muy serio en esa interpretación del acuerdo y no había manera de que entendiera que yo debía volver a mi casa. Me costó más de un café y muchos días de discusión hacerle entender que no me podía quedar ahí durante mucho tiempo. Tenía mi familia, 2 hijas pequeñas y mucho trabajo que hacer en España para conseguir que TDH despegara para convertirse en una ONG operativa. Costas se había enrocado en su postura y ni la intervención de Laurent lograba hacerle cambiar de opinión. Cuando la situación parecía ya inamovible, llegué un día a nuestras oficinas con el nuevo acuerdo, esta vez con TDH como contraparte.

El tiempo que estuve allí destinado aprendí un montón de cosas y en muy poco tiempo. Fue como hacer un Máster en Cooperación humanitaria sobre el terreno. Cada día era una clase y cada día la historia cambiaba de gentes, lugares, circunstancias…, pero la motivación era la misma: cuidar de los menores no-acompañados tras el desastre de Ruanda.

Estaba feliz por haber conseguido ese nuevo acuerdo. Se lo pasé a Laurent, para que lo leyera. Una vez leído, levantó la vista hacia mí y me volvió a preguntar: ¿pero cómo lo haces?

You may also like...