Fundación Tierra de hombres
Corrían los últimos días de Julio de 1994 cuando estábamos a punto de firmar los estatutos y las escrituras de la Fundación Tierra de hombres España. Tres socios de la Fundación suiza, Terre des hommes, y 4 españoles, entre los que me contaba yo, fuimos los fundadores de dicha asociación sin ánimo de lucro cuyo objetivo era el de proteger a la infancia en peligro en cualquier parte del mundo.
¿Qué peligro? Cualquiera que amenazara la vida o el desarrollo de cualquier menor: guerra, hambre, enfermedad, persecución, esclavismo y un buen etcétera que no viene al caso. Y me sentía feliz y orgulloso de contribuir en parte a ese objetivo. Los amigos de la Fundación suiza, cuya sede se encontraba en Lausanne, Suiza, estaban tan felices y animados como nosotros, así que tras las firmas protocolarias nos fuimos a comer para celebrarlo.
Ya en los cafés, uno de los suizos, de más edad y jerarquía, se dirigió a mí para preguntarme por mis planes para el mes de Agosto. Le respondí que en Madrid, y en Agosto, todo el mundo estaba de vacaciones y casi no había nada que hacer, desde un punto operativo y práctico. Mi respuesta pareció cumplir con sus expectativas y me propuso algo que iba a cambiar mi vida.
Me dijo; “en Suiza sabíamos que en Agosto, en Madrid, es parecido al “ferragosto” italiano; todo cerrado y la gente de vacaciones. Por eso hemos pensado que es un momento ideal para que te vayas ese mes a alguno de nuestros programas de ayuda a la infancia que tenemos en más de 40 países del mundo y que, de alguna manera, entres en contacto con el personal de la Fundación y así aprendas lo que hacemos en el terreno”.
Esa invitación me pareció lógica y conveniente y les pedí que en cuál de los países creían que fuera bueno visitar. Ellos no me dijeron más que yo lo escogiera entre Perú y Vietnam, cualquiera estaría bien pues había trabajo que hacer en cada uno de ellos. Era Julio de 1994 y desde el mes de Abril de ese año los informativos no paraban de hablar de la Crisis de los Grandes Lagos. Pensé que para un periodista como yo, no había mejor lugar que Ruanda para aprender ese nuevo oficio de profesional humanitario en mi vida.
Cuando les sugerí el nombre, prácticamente se pusieron de pie para felicitarme y celebrar mi decisión porque gracias a ella dos de sus colaboradores podrían salir de Ruanda unos días mientras yo les sustituía. Me dijeron que no se atrevieron a sugerirme Ruanda dadas las circunstancias pero que apreciaban mucho mi gesto. No era un gesto sino simple inconsciencia. Mi futuro se escribía con la R de Ruanda…