Aventura en Ruanda (II)

Decidí quedarme lo más quieto posible. Sin hacer movimientos bruscos, saqué mi paquete de cigarrillos con la mano izquierda del bolsillo exterior de mi camiseta. Le ofrecí uno al niño y, de forma mágica, cambió su gesto iracundo por una sonrisa amable. Le dije por señas que también tenía para su amigo escondido y que saliera de su escondite.

Esa era la situación: un niño con un AK 47 apuntándome, un señor soldado escondido con una ametralladora del 12,70, un usungu (güiri) muerto de miedo (yo) y una noche cerrada en Centro-África.

Tras unas cortas frases entre los dos, el enorme soldado negro se nos unió. Le di el paquete de tabaco con los cigarrillos que me quedaban, unas 7 u 8 unidades, y toda la ansiedad desapareció de sus caras, convirtiéndose en francas sonrisas y comentarios que no entendí.

Al rato, apartaron el tronco de árbol que hacía de barrera y me hicieron señas para que siguiera mi camino. Como pude le expliqué que me dirigía a Gikongoro y me sumergí en la noche sin luna sin salirme de la pista de tierra que servía de carretera. A unos 40 km., vi la primera señal indicativa de Gikongoro.

Una vez allí no fue difícil acceder al antiguo seminario católico que hacía las veces de campamento infantil de TDH. Laurent me estaba esperando y empezaba a estar preocupado por mi tardanza. Me recriminó que no hubiera acelerado para seguirle cuando él, evitando el árbol en mitad de la pista, aceleró su 4×4 a toda mecha. Intenté explicarle que eso no se podía hacer con mi pick up, pero creo que no entendió mis limitaciones.

Obvié la 1/2 hora que invertí con los cigarrillos y los soldaditos. El día se acababa y al generador le quedaban 40 minutos para pararse. Estaba en Ruanda y parecía un Rey Mago descargando toda la carga que llevaba en la pick-up, bajo una lona que intentaba tapar todo lo que llevaba.

Para mí era un experiencia única, vital, trascendente, irrepetible. Iba a pasar mi primera noche en un país herido de guerra, de injusticia, de catástrofe humanitaria. La acción humanitaria de TDH, y la mía propia, era sólo un intento muy pequeño de paliar tanta desgracia por parte de una fundación suiza que trabajaba en el terreno con varios profesionales y un aprendiz bienintencionado.

Y esa fue mi primera conclusión: las buenas intenciones son muy peligrosas y la ignorancia es muy atrevida. Pensé en lo que me podía haber pasado y noté cómo mis piernas temblaban. Pese a la tensión acumulada me quedé dormido. Lo hacía en una especie de cama rodeada por una red anti mosquitos en una habitación enana donde sólo había eso: un jergón dentro de una mosquitera.

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