Aventura en Ruanda (I)
Era jueves, después de comer, cuando Lawrence me dijo que teníamos que irnos de viaje a Ruanda para llevar varias cosas: harina, mantas, cubiertos, combustible, frutas y verduras, clavos, cuerdas, herramientas
y así hasta llenar la caja de la Nissan pick-up que iba a conducir yo, de 1800 cc y motor gasoil. Mi jefe, por su parte, llevaba un Nissan Pathfinder de gasolina. Antes de emprender el viaje, me dio instrucciones precisas.
Me advirtió lo siguiente: “La ruta no es muy segura por Ruanda. Seguramente encontraremos alguna barrage (barrera) pero tú no me pierdas de vista: si ves que acelero, pisa a fondo y sígueme”. Dicho así parecía fácil pero, como ya dije, mi vehículo era de gasoil, cargado hasta decir basta y por mucho que pisara el acelerador hasta el suelo yo no podría correr tan rápido como él.
El viaje hasta la frontera, en otras circunstancias, se podría calificar como un bucólico paseo por la selva africana, a través de una bandeja de magdalenas recién salidas del horno. Ruanda es la tierra de las Mil Colinas, como se la conoce, aunque esa parte de centro-áfrica es muy parecida. Los pequeños promontorios se van solapando unos a otros creando un perfil muy particular. No había grandes diferencias entre esas mil colinas, ni de altura ni de contexto. Todas parecían la misma y el entorno una explosión de matices verdes de mil tonalidades.
Llegamos a la frontera donde tuvimos que esperar cerca de 3 horas hasta que los soldados nos permitieron entrar con nuestra preciada carga. Casi nos hacen descargar toda la mercancía a fin de comprobar si la lista se correspondía con el peso y producto que transportábamos Hubo suerte y sólo hubo un comentario. En lengua inglesa, primera vez que cambié el idioma francés por el de Shakespeare. Ya en Ruanda rebasamos su segunda ciudad en importancia, Butare, y giramos a la izquierda. Nuestra meta se encontraba en un pueblecito llamado Gykongoro, donde había un centro de menores solos ubicado en un antiguo seminario en las afueras de la población. Era el único dato que tenía como referencia.., por si me pasaba algo.
Y pasó. La noche estaba muy oscura. No había luz por parte alguna, excepto la los faros del Pathfinder de Lawrence que iba alumbrando un camino de tierra, lo que se llama una pista rural porque llamarla carretera sería como un insulto al gremio de ingenieros. De pronto, en medio de esa oscuridad casi total, veo que el coche de Lawrence hace un giro brusco a su derecha y sale acelerando fuerte. Tal acción fue motivada por un tronco de árbol situado entre dos montones de piedras, a cada lado de la pista, a modo de barrera.
Yo no podía hacer esa maniobra así que mi prudencia me aconsejó frenar y esperar a ver qué pasaba. Lo que pasó es que un muchacho, bueno, mejor un niño, manejando un AK-47, salió de la oscuridad y se dirigió a mi pick-up. Al llegar a la altura de la ventanilla se puso a chillar como un loco en lo que yo interpreté como que me pedía documentos, sin dejar de apuntarme.
Yo le hablé en todos los idiomas que conocía pero él no hizo atisbos de entenderme. Así que me relajé y muy poco a poco fui sacando un paquete de Marlboro, que guardaba en el bolsillo de mi camisa. Acostumbrado la vista a la oscuridad pude apreciar la figura de otro soldado, escondido tras un árbol cera de la barrera. Era un tipo fornido con una boina roja y una ametralladora enorme con su correspondiente cinturón de municiones que le cruzaba el cuerpo, a modo de banda, desde el hombro hasta la cadera.
Yo intentaba hacer entender al niño que no me atrevía a sacar papeles de la guantera no fuera caso que el negrito enorme pensara que estaba buscando una pistola y nos soltara una ráfaga que nos partiría a los dos por la mitad y luego.., ¿a quién ibas a reclamar..? No había ventanillas ni instancias para rellenar. En realidad, no había nada.