Investigación en marcha

Estaba sentado en mi 4×4 con la mirada perdida en el horizonte, pensando qué hacer. De pronto lo tuve claro. Iría hasta el aeropuerto de Kamembe para hablar con alguna autoridad del ejército francés. Los franceses habían entrado a Ruanda desde el Zaire (actual república Democrática del Congo) con el fin, según sus propias declaraciones, de «crear un cinturón humanitario que protegiera a la población civil de tantos desmanes como se cometían, sobre todo por las fuerzas armadas de las FAR (Fuerzas Armadas de Ruanda)»


Por el camino se veía el mismo paisaje de siempre. Flanqueando la pista de tierra que transitaba, largas filas de personas que se movían sin orden, puesto que unas iban y otras venían, cargadas con pesados fardos, maletas, bolsas y paquetes, que representaban todos sus bienes en esta vida. De vez en cuando, cerca de la pista, algunas casas salpicaban el paisaje. Muchas carecían de puertas y ventanas, ya que habían sido arrancadas de cuajo para ser instaladas en otras casas. A parte de estos huecos, también resultaban visibles los impactos de bala.


Con ganas de llegar a mi destino, al fin pude divisar el aeropuerto. Tres grandes aviones de transporte del CICR, Comité Internacional de la Cruz Roja, más poderoso en África que los mismísimos Cascos Azules de NU, reposaban a uno de los lados de la explanada (o en medio o donde fuera). Los boinas verdes franceses habían tomado el control del aeropuerto acampando entre las dos únicas pistas de aterrizaje que había. Tomé el desvío y aparqué el 4×4 cerca de la entrada al aeropuerto, custodiada por dos militares perfectamente armados.


En esa puerta del aeropuerto, en su vertiente militar, una variada multitud de mujeres, ancianos y niños taponaban la entrada que los boinas verdes se empeñaban en dejar franca. Después de observarlos durante un tiempo, me acerqué a uno de ellos ofreciéndole un cigarrillo. Me dio las gracias y me pidió fuego. Su francés era bastante peor que el mío así que le pregunté de dónde era. Yo llevaba una camiseta de TDH, con lo que él pensaría que era suizo, y me dijo: soy español de Santiago de Compostela…


Le contesté en castellano: y yo de Madrid, compatriota. Nos abrazamos y me preguntó qué estaba haciendo tan lejos del Foro. Conté mi misión de búsqueda y, al terminar, le pregunté si tenían alguna lista de desplazados que me pudiera servir para localizar mi objetivo. Me hizo entrar hasta el cuartel general para intentar averiguar algún dato. No hubo suerte. El coronel francés al mando del dispositivo dijo que tenía cerca de millón y medio de refugiados a su cargo pero no tenía ni nombres ni apellidos.


No obstante, me dio una clave que, al menos en parte, solucionó mi problema. Me dirigió al responsable civil del aeropuerto. Para ello tuve que cruzar la pista. Después de contarle mi misión, me dijo que en África no «existían» listas de excel, ya que apenas disponían de ordenadores. Pero lo que sí sabían hacer era organizarse. Me contó que en el entorno de Kamembe/Cyangugu había más de 1 millón de refugiados.


Mantenerse organizados, tanto entre ellos como entre los propios refugiados, resultaba básico para lo convivencia, así como para el reparto y el acceso de la ayuda humanitaria de emergencia. Básicamente, la llegada de un grupo de refugiados a cualquiera de las colinas del entorno era constatada por un responsable civil que averiguaba de dónde procedían, a qué se dedicaban y cuántas personas traía. Según las respuestas, se les destinaba a una u otra colina. Así empezó mi investigación…

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