Otra noche en el sofá

Una de las cosas que me apetecía hacer esa mañana fue hablar con el responsable ruandés del campamento, Emanuel, que se ofreció a darme más detalles del lugar. Lo más urgente era la construcción de las letrinas y su sistema de pozos negros; activar los deportes, mayoritariamente fútbol, participación de
los menores en juegos y animación, las diferentes clases agrupadas por edades y las necesidades más básicas como harina, agua, higiene y un largo etcétera.
Le pregunté a Emanuel por un feo gesto que observé cuando Carol, la responsable del campamento, se dirigía a su 4×4 para marcharse y que me pareció como un claro desprecio. Él me contestó que era un gesto para su equipo, para que vieran que no hacía caso a la “jefa” porque él no podía prestarse a obedecer sin más a una jovencita que iba vestida como una golfa “profesional”: pantalón muy corto y ajustado con una amplia camiseta…, como vestían las “mujeres de dudosa reputación”. Con ese gesto dejaba claro que no obedecía las órdenes de esa mujer. O sea, un gesto de cara a la galería.
Nosotros tres, Carol, Lawrence y yo volvimos a la oficina para comer y seguir comentando las vicisitudes que habíamos vivido en el campamento. Cada persona era una opinión pero, tras oír a todo el mundo, se adoptaban las decisiones que se creían mejor. A mí me preocupaba el punto de vista de Emmanuel acerca de Carol, la directora del campamento. Comimos todos juntos en la oficina e Tdh. Creí que sería un buen momento para hablar con Carol y comentar su atuendo. Así lo hice pero ella me respondió que era un tema muy trasnochado. Mencionó Berkeley, la revolución sexual, el viste como quieras que te sea cómoda… Definitivamente pensé que Carol aún no había entendido nada de África.
Acabando el día, llegando la noche, tras múltiples conversaciones, se planteó otra vez el tema de ir a dormir y otra vez me sentí sin fuerzas para salir a buscar una cama que hacía más de tres días extrañaba. Opté por dormir en el sofá sin decir que seguía estando asustado. Mala decisión porque esa noche los mosquitos invitaron a los hermanos, primos amigos y familia extensa. Pasaron tan buena noche que ya no me quedaron más ganas de quedarme en el sofá ni una noche más.
El día resultó algo anodino. Visitábamos los puntos de interés de la Fundación: mercado, estación de gasolina, banco, mercado y, como punto fuerte, lo que en aquella parte de África se conocía como Grandes Almacenes: la Quicallería. Un almacén de todo lo pensable en emergencias. Desde carretillas de mano, picos, palas, clavos, vaselina, platos cubiertos, cuerdas, hachas hasta generadores, jerrycams (depósitos de gasolina externos). Lawrence me invitó a cenar en un lujoso (¿?) restaurante a una calle del gran mercado donde deguste un pedazo de carne a la parrilla. La carne era de origen indescifrable, Desde luedo parecía ternera pero no era de ternera. Era de otro bicho.
A la hora de ir a dormir, no me quedaban más excusas decidí ir solo al chalet, cuya distancia me pareció enorme, pero no soportaba más a los mosquitos. Me panteé mosquito o muerte y opté por muerte. Cuando llegué a la altura del grupo de bebedores de cerveza lo hice cantando el “Viva España”, por si alguno pudiera entender que no era francés sino español. Una especie de calma se apoderó del grupo mientras les saludaba de lejos como si les conociera de toda la vida. Por fin llegué donde mi habitación me esperaba. En la puerta del jardín que rodeaba el chalet-dormitorio, estaba el “samu” un guardia burundés de noche que se sorprendió al verme. En inglés me dijo que me “echaban de menos” desde hacía dos días.