Cruzar la frontera de Zaire con Ruanda
Pasamos la noche en ese campamento juvenil, donde nos dieron una frugal cena, acompañada de mimos, cariños y abracitos de los 3 niños y de la mamá, agradecida, contenta, feliz. Al día siguiente, mi cabeza era un tablero de ajedrez mientras planeaba todas las jugadas posibles.
Pasar, de forma irregular una frontera, resultó algo fácil. Pero pasarla con 3 niños y su madre se presentaba algo complicado. Eb el fondo, sabía que iba a pasar pero no las tenía todas conmigo. Y así, sin adoptar ninguna estrategia preconcebida, nos despedimos de los amigos belgas y pusimos rumbo a la frontera.
A unos 300 metros de la barrera paré el coche y les dije a mis invitados que no se movieran del vehículo. Bajé y me dirigí a un soldado preguntando por el jefe del puesto. Me señaló una oficina en la que estaba el oficial al mando. Me presenté con mi pasaporte y la orden de la misión…, a la que apoyaba un mugriento fax del CICR suizo. Le comenté que llevaba a 3 niños y a su madre hasta el consulado suizo de Bujumbura. El oficial me respondió que presentara los pasaportes y que no habría problema. Entones fu cuando le dije que sólo yo llevaba pasaporte. El oficial respondió que sin pasaporte no podía autorizar la salida de esas personas del Zaire.
Una pequeña luz, como un relámpago, se encendió en mi cerebro y contesté: “Entonces, por qué les han dejado entrar..? El oficial se mostró confuso. Viendo que en aquel incidente tenía mas que perder que ganar, se puso la gorra y cogió el silbato de órdenes indicándome que fuera al coche y siguiera sus instrucciones. Así lo hice y mientras ordenaba que levantaran la barrera, los 3 niños, la mujer y yo mismo salíamos del Zaire y entrábamos en Rwanda.
Allí pusimos rumbo al aeropuerto de donde habíamos partido y pregunté por el amigo Carlos, el boina verde español que nos invitó comer esas raciones de combate francesas tan comentadas en los medios de cooperación internacional. Me preguntó qué ruta íbamos a coger para regresar a Burundi. Le contesté que la misma que hice al viajar: hasta Butare y hacia el sur para pasar la frontera que habíamos cruzado.
Carlos se contrarió porque me explicó que iba a dar mucha vuelto y que lo mas aconsejable era ir directo desde el improvisado cuartel de los boinas verdes hasta la frontera. Le respondí que en esa zona habían partidas de ex-soldados que se dedicaban al pillaje y al robo de vehículos y que yo no estaba por la labor de poner en peligro a esa gente.. ni mi coche. Me hizo aguantar un ratito mientras que hablaba con el coronel y buscaba una solución.
Al rato volvió con una solución que era perfecta. Después de comer, iría infiltrado con mi coche y mi gente, en medio de una patrulla que hacía ese recorrido hasta la frontera. Así que, detrás de un jeep y 4 boinas verdes, con una ametralladora del 12,70, por delante de un camión, en el que iban otros 14 soldados, espalda contra espalda, vigilando las cunetas, nos pusimos en marcha dirección frontera de Burundi. Llegamos unas 2 horas después y, de nuevo, el desafío del puesto fronterizo. Dejé el coche a unos 300 metros del puesto, en tierra de nadie, mientras los soldados estaban expectantes, con los coches parados en esa parte de Rwanda. Me dirigí al puesto fronterizo, preguntando por el responsable y me senté frente a él, mostrando mi pasaporte y el fax con la orden de misión.
El jefe del puesto me hizo saber que de ninguna manera podía dejar entrar a mis “invitados” sin pasaporte. Luego de mucho discutir y hablar de la guerra, el observó que los soldados franceses no hacían amago de volver al cuartel, Hacía mucho calor y la humedad se hacía sentir también. Tuve otro “acceso de iluminación” y le ofrecí una cerveza “Primus”, una marca afamada de la región, que se presentaba en botellines de 500cc, tan calientes como el sol de centro-áfrica.
Finalmente, tras el tercer botellín de Primus y alguna risa que otra, el oficial me selló el fax sin dejar de decir: “Ça c´est pas serieux, Monsieur Pedro, pas serieux…”En menos de 1 hora salí de la oficina blandiendo el fax y diciendo a los franceses que nos habían dejado entrar. Los legionarios lanzaban las gorras al aire y aplaudían. Yo me monté en el 4×4 y puse rumbo a Bujumbura, localicé el consulado suizo y les entregué a la familia buscada por el alto responsable del Ministerio del Interior ruandés que lo había solicitado.
Volví a mi sede de TDH contento y feliz tras tres días y dos noches de un misión que parecía imposible y en la que aprendí que ordenadores, electricidad y listas de excel no eran de vital importancia en una situación de emergencia humanitaria y que los pasaportes era absolutamnte precindibles.