La quincallería de Bujumbura
Antes de contar mi experiencia con la quincallería de Bujumbura, déjenme explicarles en qué consiste este negocio.Se trata de un gran almacén de productos muy variados, de uso corriente y, en Centroáfrica, junto a farmacias y peluquerías, es uno de los grandes negocios donde puedes encontrar casi de todo: desde una carretilla de transporte hasta un pico y una pala, pasando por un rollo de alambre, herramientas de jardín, un generador, cubiertos, manteles de mesa, esparadrapo, vaselina, y así, cualquier cosa que se pueda necesitar.
En la capital de Burundi, próxima al Gran Mercado, coexistían tres o cuatro establecimientos que atendían a ese nombre: quincallería. Esa misma mañana, Laurent, mi jefe, me había pedido si podía hacer lo mismo que hice con la fábrica de harina, es decir, comprar sin dinero. Queriendo repetir la hazaña del día anterior, me monté en mi Pick-Up y me dirigí hacia el mercado, pensando que iba a probar suerte en la más grande y, aparentemente, mejor surtida de las quincallerías.
Llevaba conmigo una lista de lo que iba a solicitar. Abrí la puerta de la tienda, dejando pasar a los clientes que salían cargados de compras y me dirigí a un muchacho joven para preguntar por el dueño. Me señaló un hombre blanco de pelo gris y un gran mostacho que estaba situado tras la caja de una abigarrada barra repleta de clientes. Cuando pregunté por su nacionalidad, me llevé una gran sorpresa, como tantas otras veces desde mi llegada a esta parte remota de África. Era griego.
Déjenme contarles mi relación con el idioma griego a través de una historia que me dejó impactado. Yo no hablaba esa lengua pero sí había estado navegando en un crucero de bandera griega fletado por una asociación española, Horeca, que agrupaba a propietarios de hostelería, restaurantes y cafeterías.
Mi trabajo en el barco consistía en dar una conferencia a esos socios en el día de navegación, en el que no podían dejar de asistir sencillamente porque no había otra cosa que hacer. El crucero viajaba desde Málaga a Agadir, en Marruecos y desde Barcelona hasta Roma.
La compañía fletadora del crucero, la Sun Line, era de bandera griega y el barco estaba bautizado como Stella Solaris. La gran mayoría de la tripulación era griega y aprendí, con el tiempo,,a acercarme al idioma manejando unas pocas palabras. Nunca se sabe cuándo tendrás la oportunidad de “hablar” riego en algún momento de la vida.
Dicho esto, retomemos el relato donde lo había dejado: estaba en la más grande quincallería del Mercado de Bujumbura, con una enorme lista de compra, esperando hablar con el dueño del establecimiento. En el momento en que crucé los ojos con él,. me salió un saludo. En griego, claro. Aquel hombre se quedó asombrado al escuchar un saludo en su propia lengua y en mitad de África. Suficiente para escrutar mi rostro y preguntarme si yo era griego
Era una pregunta curiosa porque yo parecía, yo parecía, según me decían, de cualquier parte del mundo menos de España.. Me catalogaban como turco, palestino, mejicano, italiano, griego…. Como yo mismo decía, debía tener cara de “otro”. Por eso no me sorprendió que me tomara por un paisano de Grecia. Lo sorprendente pasó a continuación.
Le contesté que era español, que estaba en una misión de emergencia con TDH y que hablaba algunas palabras elementales de ese idioma porque había estado navegando en un barco griego durante un mes y que alguna palabra se me había quedado. Me preguntó por el nombre del barco. Hice memoria, porque era un episodio de mi vida que tenía un poco olvidado, y, al fin, le respondí: el Stella Solaris. Al escuchar mis palabras, el hombre se descompuso, cambió la expresión de su rostro y pude ver un atisbo de lagrimillas en sus ojos.
Se quedó mudo por un momento y luego añadió: “Yo he sido contramaestre de ese mismo barco durante 24 años. Ahora era yo el que había mudado la expresión de su rostro. ¿Cómo podía ser aquello verdad? De todos los barcos del mundo, de todos los lugares de África, incluso de las tres quincallerías de la ciudad, habíamos ido escogiendo las circunstancias para que aquel encuentro, años después, pudiera llegar a producirse. Resultaba misterioso, increíble. Durante unos segundos nos miramos igual de sorprendidos, sin poder asimilar del todo aquella experiencia. Luego él, como queriendo dejar para más tarde la resolución del misterio me preguntó: ¿En qué te puedo ayudar? Le conté mis circunstancias mientras le dejaba mi listado de peticiones. Llamó al muchacho que me dio la información, preguntó si llevaba coche, ordenó que empezaran a cargar la lista y me ofreció un café en un bar cercano.
Mientras nos íbamos a tomar ese café mi cabeza no dejaba de dar vueltas ante esa extraordinaria coincidencia. Otra anécdota para contar acerca de la magia y de África: encontrar a un contramaestre de un barco griego en mitad de Bujumbura cuya probabilidad porcentual de lograrlo debería ser infinitesimal. Pero era tan real como la vida misma. Supe que se llamaba Costas e iniciamos una amistad que iba a durar toda mi estancia en Burundi…, por lo menos.