Rumbo a África
Mi primer movimiento, como dice un proverbio oriental, comienza con un paso corto. El inicio fue viajar a Lausanne, en Suiza, para recoger documentos y cartas de la Fundación Tierra de hombres en las que se certificaran mis condiciones de servicio y para los que pudieran interesar.
En un par de días mis documentos estaban preparados e inicié un largo viaje. De Lausanne a Frankfurt, luego a Addis Abeba (Etiopía). De allí cambié de avión para dirigirme a Nairobi, en Kenya. Y primer sobresalto. Cuando el avión apenas había despegado, se oyó una explosión: uno de los motores de la derecha del Boeing 737 liberó una larga columna de fuego.
El piloto hizo cabecear el avión hacia el lado del motor incendiado al tiempo que apagó el fuego y se dirigió de nuevo a la pista de aterrizaje. En el avión de la Ethiopian Airlines sólo viajábamos una docena de pasajeros. Nos mirábamos unos a otros con caras de sorpresa, inquietud, preocupación….
Cuando el avión se posó en la pista una recepción de película nos esperaba: bomberos, ambulancias y personal de apoyo en emergencias. Del aeropuerto nos trasladaron a un hotel de la capital y nos dijeron que volverían a llevarnos al aeropuerto en cuanto otro avión estuviera preparado. Eran las 6 de la tarde.
Poco antes de las 5 de la madrugada nos avisaron para volver al aeropuerto y seguir camino. Así, con el corazón aún encogido fuimos hacia Nairobi. Cambié de avión para aterrizar en Bujumbura (Burundi), lugar del cuartel general de Tierra de hombres. Otra historia me esperaba en esa ciudad. Parecía que el viaje había empezado inopinadamente peor de lo que pensaba.
Nunca había estado más al Sur de Marruecos. No conocía África, ni sus problemas ni sus gentes. Para mi todo era nuevo, excitante, misterioso. Sentía la aventura que me esperaba como algo absolutamente desconocido. No imaginaba todo lo que iba a vivir, la gente que iba a conocer los peligros que me iban a probar ni los hechos que tendría que asumir.
Cómo serían las ciudades, qué iba a comer, como resolvería los conflictos. No pensaba en peligros concretos ni que mi vida fuera a correr peligro. Pero había algo en el ambiente que me iba advirtiendo que no sería un viaje como tantos otros. Mis pensamientos se iba sucediendo en mi mente cuando el tren de aterrizaje tocó la pista del aeropuerto de Bujumbura.