Preguntando se llega al Zaire

Para una persona acostumbrada al ordenador y al Office de Microsoft, con su word, excel y demás programas, averiguar sin esa ayuda, o la consulta de Google, puede parecer un reto imposible. Pero esa misma carencia da pie a inventar sistemas que, en la mayoría de los países africanos, son excelentes sustitutos de la red eléctrica, de la informática y, si me dejan, del sentido común.

El responsable civil del aeropuerto de Kamembe, el señor Paul, me dio la pista para dejar de lado la parte técnica y adentrarme en la humana. La figura de responsable civil del refugiado, en cada colina, enclave o grupo de llegados, se hizo patente a cada paso que daba. La “técnica” constaba de llegar a una colina de refugiados y preguntar por el responsable civil del lugar. En un tiempo más o menos corto, dicha persona se aprestaba a colaborar y dar todo tipo de información, eso sí, sin ninguna lista ni documento oficial.

Así pude averiguar que el tremendo aluvión de personas refugiadas se organizaban por procedencias, ciudades o regiones, y después por oficios. Al preguntar por alguien que procedía de la capital, Kigali, el responsable civil te indicaba casi como un auténtico GPS dónde buscar. En mi caso, 3 colinas más al Este era la colina de la que procedían los refugiados que llegaban de la capital de Ruanda.

Montado en mi 4×4 me dirigí hacia mi destino mientras daba cuenta de una botella de agua mineral en una mañana particularmente húmeda y calurosa. Llegado al sitio volví a requerir al responsable del lugar y le trasladé el objetivo de mi viaje y, a la vez, mis dudas sobre el éxito del mismo. El muchacho, cuyo trabajo era voluntario y sin remuneración, me hizo dos preguntas: A quién buscaba y que oficio tenía el marido. Le enseñé el fax que llevaba conmigo -los apellidos eran impronunciable para un “usungu” como yo-, aunque se podía entender que era un alto cargo del Ministerio del Interior rwandés.

Me indicó que los funcionarios se situaban en la segunda colina al norte de donde estábamos y que preguntara allí. Así lo hice y el responsable del siguiente lugar me dijo que los funcionarios que buscaba estaban alojados en la última de las naves, eran 4, paralelas, que se recortaban en una de las laderas de la colina. Según me iba acercando, notaba que mi pulso se aceleraba y mi mente se ponía a 100 especulando con el encuentro que iba a suceder.

En la nave, mayormente eran mujeres y una de ellas dijo conocer a la señora que buscaba. Me dijo que estaba en el exterior de la nave, sentada en una silla rústica. Una vez vista la mujer me acerqué hasta donde estaba, diciéndole mi nombre, mostrando el fax y que venía por indicación de su marido para llevarla a ella y a sus tres hijos al consulado suizo de Burundi.

“C´est pas vraie”: no es verdad, acertó a decirme. Su imagen, con el perfil recortando la puesta de sol, los ojos muy abiertos y apenas dos lágrimas que querían salir, mezclando pena y alegría, es una de esas imágenes que se quedan clavadas en la memoria de uno y que durarán toda la vida. Me contó que no me creí porque una vecina de la capital le había dicho que los hutus habían matado a machetazos a su marido y que tenía que huir con sus hijos porque venían a matarla a ella y a los niños.

Ella cogió lo imprescindible y se marchó con los niños hacia el sur de Ruanda para poner sus vids fuera de peligro. La falta de recursos, y “tirar” de 3 hijos, la aconsejó buscar ayuda y un refugio para la familia. Lr dije que su marido pudo escapar a través de Uganda y llegar a Ginebra, desde donde envió el fax, desde el CICR, para poner en marcha la búsqueda de su familia. Y ahí es donde entraba yo.

La señora me contó que no tenía medios para asegurar alimentos para sus hijos y que, hacía 3 días, los entregó a la Cruz Roja belga que se los llevó a un campamento, a unos 45 km. de la frontera del Zaire con Ruanda. Me dijo que estuvo a punto de irse con ellos pero que algo en su interior le aconsejó que esperase. Me cogió los brazos y con su mirada fija en la mía dijo; “usted es la respuesta”.

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