Trabajo de la Fundación en Bujumbura

La misión que me había llevado a Bujumbura tenía por objeto asegurar la protección de aquellos menores que se encontraran solos. Es decir, niños solos no acompañados. Eso era como agrupar a los niños sin padres o progenitores, familia, responsables, huérfanos, abandonados…o dejados. Había niños o niñas que se presentaban en las oficinas móviles de TDH (Tierra de hombres) diciendo: “mi padre, que está allí, en el otro lado de la acera, me ha pedido que os diga que estoy solo”. TDH se hacía cargo del menor y se les identificaba con su nombre y su lugar de procedencia en una pulsera imposible de quitar.

Tdh había hecho esta intervención en Ruanda y había conseguido identificar a 1500 menores en apenas 4 meses. De este número, 500 los trasladó a la Cruz Roja belga, con los que estableció un campamento en un lugar a unos 40 km de la frontera de Ruanda, en el antiguo Zaire, hoy República Democrática del Congo. Cerca de 500 de estos menores se quedaron en un seminario, reconvertido en campamento, de Ruanda, cerca de una población llamada Gykongoro.

Y otros 500 se trasladaron a Bujumbura, en un polígono industrial donde ocupaban una antigua fábrica de papel. Allí iba a ir el lunes siguiente para ver cómo se organizaban y cómo era el día a día de esos menores acogidos. Antes, un pequeño suceso cambió mis planes.

A la hora de cerrar la oficina, cuando la gente se retiraba a sus historias, a cenar o dormir o alguna reunión, una serie de voces y cánticos llegaron a mis oídos. A unos 150 metros de la puerta de la oficina se había instalado un bar móvil, es decir, un carrito con una especie de nevera y muchas botellas dentro.

Los gritos se iban definiendo más claros cada minuto que pasaba. Se trataba de unos cuantos hombres negros cantando contra los “hombres blancos”, amenazando, gritando, deseándoles la muerte y toda clase de horrores mientras iban bebiendo sin parar. Yo tenía que salir de la oficina con un letrero en francés y dirigirme unos 400 metros, calle abajo, donde la fundación tenía alquilado otro chalet solo para dormir.

No les dije nada a mis compañeros más que, como no tenía maleta, me iba a quedar a dormir en el sofá de la oficina. No dije que estaba muerto de miedo al tener que pasar cerca de ese grupo de negros que “querían matar a todos los franceses”. Así que me quedé a dormir en el sofá del despacho donde una multitud de mosquitos habían avisado que un “musungu” (hombre blanco equivalente a nuestro “guiri”) había venido para darles de comer. Y así fue: me acribillaron toda la noche y apenas pude dormir.

A la mañana siguiente acompañé a Lawrence al campamento situado en los exteriores de Bujumbura. Pasadas las 24 horas del calificativo Villemorte la ciudad recuperaba su ritmo cotidiano. Inmerso en sui tráfico con los ojos bien abiertos para mí todo era nuevo. Las gentes, los edificios, los letreros de las tiendas, los semáforos, el olor de la ciudad que impregnaba el ambiente y a cada tramo recorrido la vista ofrecían una cierta uniformidad  con el entorno.

Tuve la oportunidad de pasar cerca del mercado central, conocí el Club Náutico, muy cerca de donde se bañaban los hipopótamos, el tráfico caótico de la ciudad, sus gentes, ruidos, colores… Por fin, la entrada al campamento.

Allí, y agrupados por edades, estaban casi 500 niños y niñas. Se construían aulas (paillotes), letrinas, se acondicionaba terreno para campo de fútbol, se cocinaba, se pasaba revista médica y, a media mañana, se organizaba una reunión entre los monitores y la responsable del campamento, una americana muy joven, Carol, vestida con un short muy apretado y una amplia T-shirt que iba preguntando a cada monitor por sus temas mientras tomaba notas para su informe de fin de semana. La parte en la que se atendía a los bebés me pareció la más significativa por el cariño con que 4 monitoras ruandesas se prodigaban. Sin nervios, con gran dosis de comprensión, cariño, atención y cuidado.

You may also like...